Hay un druida de las arenas y de crisoles en cristal, que la invita con las copas a las auroras sin final.
En el sigilo de los ríos con el alma en laberintos, y los ojos en el umbral que le piden verbos de sal.
Un romero de la sabana que se hiere con las espigas de las flores sin deshojar y no las deja de besar.
Es el golpe amortiguado con los favores del corazón, y el hidalgo que galopa entre su falda sideral.
Será un fuego del incienso de la candela que subió, y los ardores que apagó en el abrazo de la pasión.
Hay un druida de las arenas y de crisoles en cristal, porque gira a las esferas para no dejarla de amar.